21.5.08

Un garbanzo de a libra (El Centro, 210508)

Nada más complicado que una relación de dependencia mutua. Uno busca simultáneamente la autonomía en sus acciones, pero la cooperación fiel del otro ahí donde nos haga falta.
Si además resulta que una de las partes es mucho más poderosa, la cosa se complica aún más. El fortachón se vuelve indiferente hacia el pequeño, y el débil percibe en todas las acciones del gigante pistas de abusos y conquistas.
La relación termina por volverse una batalla entre un Goliat miope y un David que confunde la miopía de Goliat con las más negras intenciones, que lanza incansable piedras (claro, al aire).
No hay tema que quede ileso en este estira y afloja, absolutamente todos los temas referidos a la relación se vinculan entre sí y los espacios para la cooperación se vuelven pasillos inaguantables: estrechos y sinuosos.
Esa es la historia de la relación entre Estados Unidos y México. Nos hacemos tanta falta, y nos molesta tanto.
El tema del narcotráfico es sintomático. Ambos países pueden identificar el origen de sus problemas en el vecino, apuntar dedos y acusar. Pero también saben que no hay solución posible que no pase por el otro.
El Plan Mérida es significativo justamente porque implica un rompimiento con esta historia: Estados Unidos armó un plan integral de cooperación bilateral y México aceptó por primera vez recursos y asesoría estadounidenses.
La revisión del Plan Mérida apenas aprobada en la Cámara de Representantes ayer es insólita porque lleva el rompimiento aún más lejos: Estados Unidos se ató las manos para no condicionar los recursos entregados a México, y por primera vez los actores centrales en la versión final de la iniciativa no fueron los presidentes, sino los congresos de ambos países.
La confrontación entre el presidente y el congreso en el vecino del norte es obvia. Por ejemplo, en una sesión de noviembre del año pasado, mientras Thomas Shannon, quien dirige el buró de Asuntos del Hemisferio Occidental en el Departamento de Estado, declaraba que “la batalla contra la corrupción ha estado en el centro de la política contra el crimen organizado del Presidente Calderón”; el republicano Tom Lantos, presidente del Comité de Asuntos Exteriores, quien falleció el pasado febrero, le cuestionaba al funcionario, “¿Cómo piensan lidiar con la corrupción endémica en las instituciones judiciales mexicanas? ¿Evaluarán a los oficiales mexicanos para que puedan trabajar con oficiales estadounidenses”.
El texto de la iniciativa H.R. 6028 aprobada en la cámara baja tiene ahora un lenguaje dócil y casi afectivo: empieza por decir que “México ha sido un aliado crítico y un compañero en la lucha contra el narcotráfico”; afirma difuso que los recursos se destinarán a “fortalecer la capacidades operativas mexicanas”; hace un mea culpa sobre el consumo de drogas, la venta de armas y la transferencia de dinero hacia México desde su territorio; y se limita a pedir “capacitación en derechos humanos para los oficiales mexicanos”.
En su párrafo más controversial la iniciativa amenaza con “no proveer asistencia a las fuerzas armadas mexicanas […] si hay evidencia creíble de violaciones graves a derechos humanos”, a menos que “el gobierno mexicano presente ante las agencias judiciales a los responsables”. Tan tan.
No sorprende entonces que la iniciativa haya sido votada a favor por 87% de los representantes demócratas, pero sólo 54% de los republicanos.
De aprobarse en el senado, como es previsible, la iniciativa será un éxito bilateral, y créame, entre la soberbia estadounidense y la paranoia mexicana, esos éxitos son garbanzos de a libra.

14.5.08

Una democracia que no sabe debatir (El Centro, 140508)

El núcleo de la política es el conflicto. Quien sueña con un mundo en perfecta armonía y consenso, sueña con un mundo en el que no hay espacio para la política. La búsqueda de formas de decidir asuntos públicos en el disenso es la historia política de la humanidad.
Esa es la diferencia central entre democracias y dictaduras. En regímenes autoritarios el disenso se esconde aterrado de las botas del dictador; y éste, soberbio, toma todas las decisiones de política pública consultando sólo a aquellos que le resultan indispensables para permanecer en el poder.
En las democracias, las funciones de gobierno recaen en quien ha logrado hacerse de una mayoría electoral, mediante un proceso equitativo que arroja resultados aceptados por todas las fuerzas políticas.
Esa es la definición desnuda de la democracia: se faculta al ganador electoral a decidir. Desnuda porque no incluye en su definición otras bondades, ni libertad, ni igualdad, ni justicia; la democracia se reduce a sus procedimientos.
No es poco. La certidumbre en los mecanismos democráticos garantiza la saludable incertidumbre sobre los resultados. No sabemos quién ganará, pero quien quiera que sea será reconocido por todos y podrá gobernar.
A eso los politólogos le llamamos democracia procedimental,.
Por supuesto, la democracia es más que eso. Las decisiones públicas son producto de la interacción entre poderes electos por distintas bases de apoyo. Por eso, desde su origen, la democracia ha estado asociada al debate. La formación de mayorías legislativas, para apoyar o desechar propuestas del ejecutivo, pasa necesariamente por la discusión de ideas.
A eso los politólogos le llamamos democracia deliberativa, y nos llenamos de contento sólo de pensar que en un sistema político sea la persuasión, y no la coerción, la que produzca mayorías legislativas que logren decidir ahí donde el disenso es una constante.
En México llevamos 17 años obsesionados con hacer de la nuestra una democracia procedimentalmente impecable, de ahí el IFE y la serie de reformas que le han dado forma. Pero en términos deliberativos, la nuestra es una democracia niña. Sustituye el diálogo por el berrinche y el pataleo.
Hoy dio inicio el tercer foro de debates sobre la reforma energética en el Senado. No hay ni que aclararlo, el formato de las mesas simplemente no constituyen un debate. Nos cuesta persuadir y dejarnos convencer, el nuestro no es el mundo de la formación de ideas, sino el de la soberbia implacable.
Aquí nadie va a cambiar posiciones. El PAN buscará formar una mayoría con el PRI para aprobar la reforma. El PRD planeará mecanismos para boicotear la votación en septiembre. El PRI buscará negociar su apoyo a la reforma y hacerse del apoyo del PAN en las reformas que le interesan.
Procedimentalmente, el PAN y el PRI están perfectamente facultados para votar y aprobar la reforma, así como el PRD está legitimado para discutir y votar en contra. Pero una mayoría que no debate es una mayoría burda, de bancadas, no de argumentos. Y claro, una minoría que no persuade, que veta la toma de decisiones por medios no institucionales, es una minoría que no entiende su lugar en la democracia, procedimental o deliberativa.

7.5.08

Una de bandidos (El Centro, 070508)

Esta es la historia de dos bandidos. El primero entendió que le resultaba más redituable asentarse en una sola localidad en lugar de ir errando de pueblo en pueblo, saqueando gente. No, no dejó de ser un bandido, simplemente se volvió sedentario, y ofreció a los habitantes del lugar algo sencillo: protección a cambio de dinero. No sólo obtendría una cuota fija por no asaltar a los ciudadanos, sino que los protegería de los ataques de otros malhechores.
El segundo, ése no entendió que en condiciones de paz valen más los beneficios de largo plazo que las rebatingas del corto. Siguió como un asaltante nómada, arrebatando aquí y allá para sobrevivir.
Al primero le llamamos Estado, el segundo tiene muchos nombres: mafia, crimen organizado, y por supuesto, narcotráfico.
En su formación, el Estado encontró una razón de ser justamente en la provisión de seguridad a cambio de impuestos. Ser un bandido sedentario. Esa es la tarea primera y última del Estado: proveer seguridad a sus ciudadanos. Lo repito porque el monstruo burocrático en el que se convirtieron los Estados del siglo XX nos lo hicieron olvidar.
Es justamente su condición de bandido fijo lo que define al Estado como el único actor con el poder de usar legítimamente la fuerza en su territorio, como lo escribió en su momento Max Weber.
Un Estado que no provee seguridad es un Estado que merece desaparecer, un Leviatán pasguato, inútil y aniquilable.
El Estado mexicano está obligado a garantizar la integridad de sus ciudadanos y combatir a quienes actúan fuera del estado de derecho, ese otro bandido errante. Ahí no hay vuelta de hoja.
Por eso merecen ser aplaudidas varias de las medidas implementadas por el presidente Calderón en el combate al narcotráfico, y por eso merece ser repetido su llamado a la sociedad afirmando que sería cobarde dejar esa lucha. El ruido de balas es siempre angustiante, peor es un silencio que encubre complicidades.
El problema radica más bien en los límites de la legalidad, en la creación artificial de bandidos errantes.
La batalla contra el narco en México está perdida: somos vecinos de un mercado que consume drogas vorazmente, tenemos condiciones climáticas propicias para la producción de marihuana y opio, y una economía incapaz de generar ingresos para su población dentro del marco legal.
Sí, mientras un acto sea ilegal debe ser perseguido con toda la fuerza del Estado. Pero podemos ser francos, hay un sólo camino para el fin de la violencia asociada al narcotráfico, y ese es el de la legalización.
Si los narcotraficantes representan una amenaza grave para el Estado es precisamente porque tienen el control oligopólico de uno de los negocios más rentables del mundo, gracias a su condición ilegal. Mientras ese bandido permanezca errante, el Estado mexicano, nuestro bandido sedentario, permanecerá cuestionado bajo balas y ejecuciones.

9.1.08

Presidente Obama (Excelsior 090108)


“Haces campaña en poesía y gobiernas en prosa” declaró Hillary Clinton (citando a Mario Cuomo) hace apenas un par de días en New Hampshire, justo antes de que se le anegaran los ojos de lágrimas al hablar de las razones por las que está compitiendo por la presidencia de los Estados Unidos y que las encuestas la pusieran 10 puntos por debajo de Barack Obama en ese estado. La estrategia –no se trata de otra cosa- es doble, por un lado desromantizar la imagen de Obama; por el otro lado humanizar la suya. Un poco tarde.

El triunfo de Barack Obama en Iowa y New Hampshire dio al traste con la mayor ventaja de Hillary Clinton: su apariencia, hace apenas un mes, como una candidata invencible. Hillary era una figura controversial, divisiva, carente de carisma; pero parecía como la única candidata demócrata con posibilidades de ganar la elección primaria y la elección general. No despertaba furor entre los votantes, pero era percibida como la más experimentada para el puesto. La serie de debates recientes, los tropiezos de su campaña y los resultados en estos primeros estados dejaron a una Hillary Clinton visiblemente confundida y despojada de su aura de poder.

Una mutación de atributos. La relativa experiencia de Clinton dejó de proveer certeza y mutó en su identificación como parte del mainstream político estadounidense. La relativa inexperiencia de Obama que podía rodar del lado de la inocencia, terminó por rodar del lado de la esperanza. Las diferencias en posiciones de política pública entre ambos candidatos son francamente mínimas; no así sus biografías. Mientras Clinton ingresaba a la preparatoria en un suburbio de clase media de Chicago, Obama nacía en Honolulu de la unión de dos estudiantes, el padre keniano y la madre blanca originaria de Kansas. Mientras Obama realizaba trabajos de movilización comunitaria en el sur de Chicago, Clinton estaba en el consejo de administración de Walmart. Mientras Clinton caminaba los pasillos de la Casa Blanca en su papel de primera dama, Obama iniciaba su carrera política en el senado de Illinois.

Clinton es una candidata dura y previsible. Obama es un candidato cándido y emotivo. El poder de la poesía, quizás. La bandera de Obama es la del cambio, un concepto difuso pero eficaz; Clinton afirma que no hay cambio posible ahí donde no hay experiencia. Los votantes se han volcado hacia la oferta de Obama, se asumen como parte un cambio histórico, y hacen suyas las palabras de su campaña: fired up and ready to go!.

No todo está dicho. Entre hoy y el ‘Super Martes’ del 5 de febrero en que votan 24 estados, están las primarias de Michigan, Nevada, Carolina del Sur y Florida. Las últimas encuestas en al menos dos de estos estados daban una clara ventaja a Clinton; pero estas encuestas tienen ya casi un mes de antigüedad y en ese momento ocurría algo similar en New Hampshire que se movió ayer hacia Obama. Clinton llega al resto de las primarias con una imagen desgastada y con tonos de fracaso, mientras Obama llega como la sorpresa de la contienda y con tonos de una candidatura histórica y posible. Las probabilidades de que Obama ocupe la Casa Blanca en 2009 son hoy muchísimo mayores que hace dos meses y todo apunta a que seguirán creciendo. El efecto en la política mundial del Presidente Obama, un Presidente estadounidense moderado, liberal, progresista, de color y ascendencia musulmana será inmenso. Un Presidente estadounidense que como señaló Jorge Castañeda recientemente se parecerá al resto del mundo.

Addendum: Esta es la última columna que tengo la fortuna de escribir para Excelsior. Razones estrictamente profesionales me obligan a despedirme de este espacio, que me acogió entrañablemente hace ya casi dos años. Agradezco a los lectores que le dieron seguimiento a Contra Esquina todos los miércoles, y agradezco centralmente a quienes en Excelsior me brindaron un espacio libre para escribir semana tras semana sin haber recibido jamás limitación alguna. En especial, un abrazo y docenas de gracias para: Ernesto Rivera, Pascal Beltrán, Ana Francisca Vega, Hiroshi Takahashi, Cecilia Estrada, Ivan Ventura e Israel López.

2.1.08

2008 o el mundo sin nombre (Excelsior 020108)


“… la insolencia de la civilización que quiere ser consciente de sí misma y mientras tanto se destruye”

Roberto Calasso

Ya sabemos algunas de las facciones que definirán el rostro del 2008, las preguntas y las medias respuestas dejadas por el 2007. Decíamos la semana pasada que el 2007 fue un año entre paréntesis y que el 2008 vendría, por fuerza, a cerrar paréntesis y nombrar al mundo. Pecamos de soberbia u optimismo, quizás.

Sabemos al menos que el 2008 revelará al próximo Presidente del Estado más poderoso de la tierra y será un rostro femenino, o con suerte, uno negro. Como interrogantes quedarán el TLCAN que todos los candidatos estadounidenses prometen revisar, y el tema migratorio que todos los candidatos procuran evadir. Como interrogantes quedarán también Irak y Afganistán hasta el 2009.

Habrá igualmente paréntesis que darán posiblemente paso a respuestas categóricas. El desgarrado retorno de Pakistán a la democracia después del cobarde asesinato de su símbolo: Benazir Bhutto. El proceso de diálogo entre Israel y el gobierno de algo que difícilmente podemos llamar Palestina. La estabilización de la democracia venezolana que permanece, regalo del 2007, a flote; y la consolidación de la autocracia rusa que aparece, tropiezo del 2007, inevitable.

Pero detrás de los paréntesis y los signos de interrogación un gran paréntesis y una gran interrogación: ¿Qué mundo es este? ¿Qué nombre darle? Nombrar las cosas es apropiárselas y entenderlas. Casi 20 años después de la caída del bloque soviético seguimos sin entender a cabalidad el momento. Democracia y comercio parecieran ser sus signos más visibles (e irreversibles); sí, globalización de bienes, ciudadanos, información y hasta deseos. Pero esos son, todos, atributos claros de la modernidad, del siglo XIX al XX, de un mundo que se entiende en el mañana, la producción y el desarrollo, un camino único hacia el futuro: avanzar.

No basta. Tampoco bastan ya las categorías del poder mundial, ni unipolar un multipolar, ni Estados Unidos decide a solas sobre el mundo ni a los organismos multilaterales les han salido dientes. ¿Decidir sobre qué? ¿Los temas globales o los fines locales? ¿La pobreza, el medio ambiente, las fuentes de energía, los procesos migratorios, la expansión de las formas democráticas de gobierno, la desigualdad social, el crecimiento económico, la neutralización de los ‘enemigos’ de la paz?

No somos modernos por que ya no nos mueve sólo el progreso, tampoco hemos sido posmodernos por que nunca nos ha movido sólo el placer o la voluntad de vivirlo. Ya no encontramos en la revolución el camino a la justicia, pero tampoco creemos a ciegas en las bondades de un mercado que se niega a gotear riquezas. ¿Creemos aún en el Estado? Me atrevo a decir que sí, por que somos amantes de la libertad y sólo en el Estado somos, irónicamente, libres. Una libertad, se entiende, entre iguales.

¿Estamos cambiando o regresando? ¿Vivimos un retorno sin revuelta o revolución? Es posible, estamos fatigados de utopías y los monstruos burocráticos que parieron. Decía Octavio Paz que “las utopías son los sueños de la razón”, debiéramos quizás regresar a la razón antes de las utopías. Una razón pre-platónica en la que bien y necesidad, razón y pasión, se dan la mano sin calambres. En donde podamos ubicar, sin incomodidades, a la fraternidad entre libertad e igualdad. ¿No es eso lo que pedimos a murmullos y gritos al Estado?

Marshall Bergman nombró a los siglos XIX y XX como la era de Fausto, obsesionada sólo por el progreso; otros como Gilles Lipovetsky nombraron la segunda mitad del XX como la era de Narciso, hedonista solitario angustiado sólo por el Yo y su perfección; ¿Habremos nosotros llegado a la era de Gea? Madre tierra que, contrario a la diosa griega, se descubre mortal y precisa a sus hijos a darle vida. ¿Será ese el nombre que dará el 2008 al mundo?