9.12.07

Le

Me preguntó sobre el cuerpo y su permanencia, sobre el texto y su volatilidad. Sobre ser. Terco, vivo. Quize responder, pero esa era una respuesta seca e irrelevante. Comando de neuronas que ordenan respirar, andar, y salirse en la primera ventana iluminada. Agregación de adjetivos que encaramados se sueñan significados.

Estoy cansado, debí responder. El texto se cansa segundo. No cabemos en las palabras, aunque pequeños, nos movemos demasiado, estiramos las piernas más allá de los límites de la cama. Necesidad del frío. Una navaja que corte exacta los bordes de piel que sobran al decir piel. Por ejemplo.

Le estoy mintiendo y creo que lo sabe. Los falseadores de sentidos nos mentimos felices, reconocemos la mentira y la sobamos encantados. La verdad es el tesoro de los ausentes. ¿Qué? ¿Queremos regresar al encuentro de la verdad y sus objetos? Lo dudo, se yace tan bien en el hueco entre razón y sentidos. Se juega mejor. A la luz, palmadas y caricias. El placer.

No se soñar. Esa debería ser la primera advertencia para quien me quiera comprar. Cuando hablo de la belleza, me revelo en una frase, o abro los ojos segundos antes de un orgasmo; no sueño. Es una visión, me erizo para que me vean volúmenes que no tengo, recortes de vidas propias y apropiadas, momentitos que estirados casi me cubren y casi sucedieron. No me ve.

Es silencio y entro exacto (no fue su boca).

5.12.07

No, no, y no (Excelsior, 051207)


El miedo a los pobres es un miedo permanente, sobre todo cuando votan. Hemos escuchado infinidad de veces argumentos que encuentran incompatibilidades entre la pobreza y la democracia: porqué los pobres no votan, porque cuando votan son más susceptibles a prestar oído a populistas, porque los pobres venden su voto por un costal de lo que sea, porque los pobres no tienen una “cultura cívica” que de sustento a los requerimiento “culturales” de la democracia. Por supuesto, a la hora de probar empíricamente estas cuatro historias, las historias se desvanecen.

Los pobres votan en proporciones similares al resto de la población; votan por quien mejor representa sus preferencias y esos candidatos son recurrentemente etiquetados como populistas; entre la transferencia de bienes de consumo y bienes públicos como definidores del voto, los primeros ganan cuando los niveles de ingreso son tan bajos que no pueden considerar al futuro como una posibilidad asequible, es un voto perfectamente racional (aunque perverso); y francamente, decir que existe una cultura específica que sustenta a la democracia es una torpeza, es poner a los caballos detrás de la carreta, es la democracia la que da origen y sustento a comportamientos democráticos; aún más, si algo hay claro es que la ignorancia política es perfectamente racional en un sistema democrático representativo.

Si la pobreza es un impedimento para el tránsito a la democracia o para su sostenibilidad no es porque los pobres se comporten de cierta manera, es porque la pobreza implica presiones distributivas, y bajo ciertas condiciones las élites económicas prefieren revertir a un sistema no democrático que redistribuir la riqueza. No es casual que entre 1950 y 1990 de los 39 episodios de transiciones de una democracia a una dictadura, únicamente en 2 casos la dictadura fue de izquierda (Checoslovaquia 1948 y Perú 1968), en los otros 37 casos la dictadura que puso fin a la democracia fue de derecha, 31 de ellas en países con ingresos por debajo de los 3 mil dólares (reales, ppp).

Estos datos pertenecen al analista más reconocido sobre democracia y transiciones políticas, Adam Przeworski, quien en un trabajo reciente titulado “Los pobres y la Viabilidad de la Democracia” (The Poor and the Viability of Democracy), concluye: “En países pobres en los que la democracia representativa coexiste con flagrantes desigualdades económicas y sociales, los llamados populistas […] hablan a la experiencia de los pobres. Por otro lado, aquellos en mejor posición continúan defendiendo sus privilegios, escondiéndose detrás de la fachada de la democracia mientras les favorezca, pero listos a defenderlos por otros medios si no lo hace. En estos países la democracia es frágil […] pero no porque los pobres no valoren la democracia. La democracia es la mejor esperanza que los pobres tienen para mejorar su vida. Si la democracia es frágil en algunos países, es porque esa esperanza no ha sido satisfecha”

La democracia –nos cuenta de nuevo Przeworski- requiere esencialmente 4 cosas: 1) conflicto de intereses; 2) la autoridad de gobierno deviene de elecciones justas; 3) las elecciones designan ‘ganadores’ y ‘perdedores’ y ambos se reconocen como tales; y, 4) el funcionamiento de un sistema de reglas respetadas por todos los actores. Nada más. En Rusia la elección del pasado domingo cuestiona al menos los puntos 1) y 2), Vladimir Putin se ha vuelto un dictador “benevolente”, por encima del partido Rusia Unida, en un país que carece de memoria democrática pero recuerda tembloroso el caos de los noventa. Las elecciones del domingo en Venezuela reafirmaron los cuatro puntos de la democracia, Hugo Chávez quiso contener el disenso, modificar las reglas del juego y los venezolanos le respondieron no, no y no; Chávez aceptó los resultados y Venezuela mantiene sus posibilidades democráticas.

No faltan ejemplos en México, en calles y editoriales, de quienes visten las ropas de la democracia para defender sólo un status quo desigual y elitista, bajo argumentos –además- profundamente autoritarios. He ahí un peligro recurrente para la democracia.

28.11.07

Annapolis: ¿A qué estamos jugando? (Excelsior, 281107)


“Ningún sistema tiene posibilidades de funcionar mientras los hombres sean tan desdichados que el exterminio mutuo les parezca menos terrible que afrontar continuamente la luz del día”

Bertrand Russell, La Conquista de la Felicidad

La cita de Russell contiene un dilema, mientras cooperar implicaría beneficios superiores para todos, la percepción de los actores respecto a la interacción con otros actores los lleva a establecer comportamientos no cooperativos en donde todos están peor, pero nadie tiene un incentivo para cooperar, sabiendo que nadie más lo hará. Este dilema es conocido en teoría de juegos (la teoría que modela matemáticamente la interacción estratégica entre dos o más actores) como el dilema del prisionero. La solución doméstica al dilema la conocemos todos, se llama ‘Estado’ y su fin es garantizar relaciones sociales esencialmente cooperativas.

El sistema internacional carece de una autoridad central legítima que cumpla las funciones del Estado; por ello, el establecimiento de relaciones cooperativas es más complejo y exige algo esencial: la revelación de información. Los actores involucrados deben tener información plena sobre sus opciones, las opciones del oponente, los beneficios de cada uno en todos los escenarios, y sobre todo, la posibilidad de que ambos actores sigan interactuando en el tiempo.

Suena simple ¿no?, nunca lo es. En gran medida, Israel y Palestina no han logrado un acuerdo de paz porque no han tenido información plena respecto a su interacción y las preferencias del otro. No han entendido a qué están jugando y le han apostado a la inexistencia del otro en el tiempo. El papel central de Estados Unidos en las negociaciones de Annapolis, Maryland iniciadas ayer es justamente ser un factor que les obligue a revelar sus preferencias, les haga evidente la estructura del juego que están jugando, y les obligue a un proceso de negociación auto-reforzable.

Regresar a lo básico: ojo por ojo, diente por diente. Un esquema de premios y castigos recíprocos en el que ambos actores inicien forzosamente cooperando. Palestina ya reconoce desde los Acuerdos de Oslo la existencia del Estado israelí, es momento de que Israel defina explícitamente la existencia del Estado palestino. Si Israel mediante la Ley de Retorno permite a todos los judíos del mundo adquirir la ciudadanía israelí, es momento de que permita el retorno de los exiliados palestinos y establezca cuotas explícitas de retorno. Si se dota al gobierno palestino de capacidades para pacificar a los grupos extremistas en su territorio, será momento de desmantelar gradualmente los más de 500 puntos de revisión israelíes en territorio palestino. Si Israel garantiza el acceso palestino a la electricidad, la ayuda internacional y el comercio; Palestina debe garantizar a su vez el acceso israelí al agua. Si Israel permite y garantiza la existencia del Estado Palestino, los países árabes en la región deberán reconocer al Estado israelí.

Cierto, quedan los símbolos y sus significados. Queda Jerusalén como capital de ambos Estados. El reestablecimiento de los límites previos a la guerra de 1967, el regreso de Jerusalén del este a Palestina y un potestad compartida sobre la Ciudad Vieja que tiene un valor religioso central para ambos países. Es justamente en este punto que parece el más divisivo que las afinidades entre judíos y musulmanes se vuelven más evidentes. Mientras los judíos sollozan la caída del Segundo Templo salomónico en el Muro de los Lamentos, los musulmanes ven en Salomón a un profeta de Dios. Mientras los judíos ven en el Muro de los Lamentos un símbolo del amor de Dios hacia su pueblo, los musulmanes ven un fragmento de la Mezquita de Al-Aqsa, el tercer lugar más sagrado después de la Meca y Medina. Mientras los judíos ven en la piedra debajo del Domo de la Roca de Al-Aqsa el origen de la creación del universo y la piedra en la que Abraham –símbolo de la fe- se dispuso a sacrificar a Isaac; los musulmanes ven la piedra en la que Mahoma rezó después de un viaje milagroso y sobre la que mandó construir la segunda mezquita más antigua del mundo. Eso, una piedra vincula, un muro une, la fe y sus símbolos hermanan: permiten afrontar continuamente la luz del día.

25.11.07

Darfur: ¿La primera guerra climática? (Excelsior 251107)


Sudán es una ficción, el país más grande territorialmente de África y el décimo a nivel mundial (25% más extenso que México) es una superposición de regiones que no guardan entre sí ningún sentido compartido de identidad. Ni Estado, ni nación, Sudán es una idea impuesta desde el norte musulmán, árabe y dictatorial hacia el sur cristiano y africano, y el oeste musulmán y africano. Desde su independencia de Inglaterra y Egipto en 1956 Sudán ha conocido sólo 11 años de relativa paz entre 1972 y 1983.

Descontando este paréntesis, Sudán vivió una guerra civil desde 1955 entre el norte musulmán y el sur cristiano que costó la vida a más de 2.5 millones y desplazó a alrededor de 4 millones, uno de los mayores desastres humanitarios del siglo XX, hasta que en 2005 ambas partes firmaron un acuerdo de paz, la inclusión del Movimiento para la Liberación del Pueblo de Sudán en el gobierno, así como la distribución igualitaria de las ganancias petroleras.

Es precisamente en el inicio de las pláticas de paz entre el norte y el sur sudaneses que se inicia en 2003 el conflicto en Darfur, cuando el Frente para la Liberación de Darfur atacó objetivos militares en la región en protesta por la exclusión y opresión de la población no árabe. De nueva cuenta, un problema distributivo. Sudán es un país extremadamente desigual e inequitativo, mientras el centro se ha beneficiado notoriamente de los ingresos petroleros, el resto del país sobrevive con un ingreso per cápita que rebasa apenas los 600 dólares anuales.

Pero aquí no fue sólo una cuestión petrolera, el conflicto en Darfur surge en gran medida por la distribución de otro bien que se tornó especialmente escaso en las últimas dos décadas: el agua. La ONU ha documentado ampliamente el efecto del cambio climático en la desertificación de las zonas semidesérticas de Darfur, que redujo sustancialmente los terrenos arables y los pastizales para ganado, y que derivó en fricciones entre la población árabe nómada y la población africana sedentaria, con el abierto apoyo del gobierno del presidente Omar Hassan al-Bashir hacia los primeros.

Ban Ki Moon, el Secretario General de las Naciones Unidas así lo reconoció en un editorial publicado en el Washington Post en junio pasado, en el que mencionó que la precitación se ha reducido en un 40% en Darfur desde los ochenta debido al calentamiento de las aguas en el Océano Índico, y concluyó que “no es un accidente que la violencia en Darfur surgiera durante la sequía. Hasta entonces los nómadas árabes habían vivido amigablemente con los campesinos asentados […] Por primera vez en su memoria, no había suficiente agua para todos”. Sí, el agua, porque quien dice agua en la sequía lo dice todo: alimento e hijos. Dice vida. Desigualdad, pobreza, deterioro ambiental, presiones distributivas y divisiones étnicas; he ahí las causas del conflicto en Darfur que ha dejado ya más de 300 mil muertos y 2 millones de desplazados bajo la mirada pasmada e inútil del mundo.

Cierto, llamar ‘conflicto’ a lo que pasa en Darfur es inexacto, implica el encuentro entre dos oponentes beligerantes y quizás de similares capacidades. No, lo ocurre en Darfur es más cercano al genocidio, la población civil africana ha sido el principal objetivo tanto de las milicias árabes (Janjaweed) como del propio gobierno sudanés; por ello el de Darfur es el primer conflicto en proceso catalogado por el gobierno estadounidense como genocidio.

A cuatro años de su inicio, a la guerra en Darfur le han crecido múltiples brazos. Existen hoy 14 grupos armados de darfurianos; dentro de los Janjaweed hay ya dos grupos confrontados; y los miembros del gobierno sudanés provenientes del sur se retiraron del gobierno a finales de octubre en parte por los sucesos en Darfur. Por ello, las pláticas de paz en Libia, iniciadas hace poco menos de un mes se encuentran paralizadas. No existe el requisito inicial de cualquier proceso de negociación: la identificación de actores relevantes.

Además, Darfur es una región cultural que incluye el este de Chad, en donde el conflicto en Sudán se ha extendido y sumado a los conflictos entre el gobierno de Chad y los grupos armados en su frontera con Sudán, así como al noreste de la República Centroafricana. Desde diciembre de 2005 el gobierno del Presidente Idriss Deby en Chad declaró vivir un “estado inminente de guerra con Sudán” dado el apoyo de este país a los grupos de Janjaweeds, así como a grupos armados en la zona enfrentados al gobierno de Chad. Es el reciente episodio de un enfrentamiento repetido en Chad entre árabes y africanos, musulmanes y cristianos (y animistas), y el cruce de ambas categorías; en el que Libia en la década de los ochenta y Sudán desde los noventa han jugado un papel central. No olvidemos que los Janjaweeds emergieron de los grupos árabes apoyados por Libia en el norte de Chad y que vencidos en 1988 emigraron al Darfur apoyados por el gobierno sudanés. No olvidemos tampoco que el propio presidente de Chad, Idriss Deby pertenece a la minoría Zagawa, uno de los grupos de africanos perseguidos en Darfur.

Así, es posible que Darfur pase a la historia como la primera guerra climática del mundo. La primera, porque parece haber otras en espera. De acuerdo con un reporte de la organización Alerta Internacional titulado “A Climate of Conflict” publicado hace apenas dos semanas, un total de 46 países y 2.7 mil millones de personas están en riesgo de ser víctimas de conflictos derivados del cambio climático, desde la frontera entre Chile y Perú, pasando por México, y hasta las posibles disputas sobre el río Níger entre Mali, Níger y Nigeria.

Darfur pasará también a la historia como un episodio que evidenció como pocos la inutilidad de las sanciones económicas que no son siquiera consensadas dentro del Consejo de Seguridad de la ONU. Mientras Estados Unidos ha impuesto sanciones económicas a Sudán desde 1997, la economía sudanesa ha crecido a tasas cercanas al 10% en 10 años, gracias a la exportación de petróleo y la inversión en ese sector; es decir, gracias a China que compra 70% del petróleo sudanés y es dueña del 40% de la compañía petrolera sudanesa; mientras Sudán dedica 70% de las ganancias petroleras a gasto militar. Entre la escasez de agua y la abundancia de petróleo, la población africana en Darfur seguirá condenada a vivir en campos de refugiados o morir, o ambos. Esa es la lección de Darfur.

21.11.07

La Hora de los Cruzados (Excelsior, 211107)


La relación entre la iglesia católica y la democracia es compleja y no ajena a fricciones y momentos tirantes. De un lado la fe, del otro la institución. Distinción inevitable. La democracia garantiza la libertad de cultos, la libertad de expresión y la libertad de asociación, pero al mismo tiempo establece –como garantía indispensable a su sobrevivencia- la separación estricta entre Estado y religión, porque lo sabemos, no hay teocracias democráticas.

La iglesia católica es muchas cosas, ser una institución democrática no es una de ellas, ni en su historia, ni en sus contenidos. Es una institución que niega por principio dos atributos esenciales de la democracia: la libertad y la igualdad. Ya entre hombres y mujeres, ya entre heterosexuales y homosexuales, los principios de la iglesia no entran fáciles en la democracia pero es tarea de toda democracia garantizar la libertad en las actividades de culto.

El papel de la iglesia en algunos momentos vergonzosos de la historia ha sido eso, vergonzoso. Su apoyo y participación en las dictaduras de Francisco Franco en España, de Augusto Pinochet en Chile y de Jorge Rafael Videla en Argentina están plenamente documentadas y merecen, por lo menos, una disculpa institucional. Ahí está, por ejemplo, el cura Christian Von Wernich en Argentina recientemente condenado a cadena perpetua por el asesinato probado de 7 personas, la tortura de 30 y el secuestro de 42 al servicio de la dictadura militar. Ahí está el respaldo permanente del sacerdote Raúl Hasbún a las atrocidades de la dictadura pinochetista en Chile. Ahí está también la defensa, hasta nuestros días, por parte de la iglesia católica española a las acciones de Francisco Franco, a la que se la ha permitido incluso preservar símbolos franquistas dentro de la recién aprobada Ley de Memoria Histórica. Ahí queda también el silencio cómplice de la iglesia durante el holocausto judío.

De un lado la iglesia como institución, del otro algunos de sus miembros. Otra distinción inevitable. En todos los casos mencionados hubo sacerdotes y monjas valientes que se opusieron a las monstruosidades de la dictadura en turno, en Alemania y Polonia durante la segunda guerra mundial, en Sudamérica durante los gobiernos dictatoriales; en donde algunos fueron desaparecidos, asesinados o expulsados bajo la mirada ausente de la iglesia.

México es uno de los ejemplos más peculiares y extremos de la difícil relación entre Estado e iglesia, desde las leyes de amortización del periodo de Reforma, pasando por la guerra cristera, y hasta el arribo a la democracia. Lo sucedido el pasado domingo en la catedral metropolitana es reprobable, porque dio cuenta de signos de intolerancia en ambos sentidos. Pero más sorprendente resulta la reacción entre algunos editorialistas, que en su afán de demonizar al PRD como un partido de violentos e insolentes hacen un relato sesgado y faltante a la verdad de lo ocurrido. Muy poco democrático de su parte.

Es obligación del gobierno proteger la integridad de sus ciudadanos, incluidos los fieles y ministros de culto, cuando ésta se ve amenaza. Ni duda cabe. Habrá que probar si existió tal amenaza, hasta donde sabemos emitir opiniones políticas en un espacio de culto no está penalizado bajo ninguna ley en México. Lo que sí está prohibido tanto por el Derecho Canónico (Canon 285 al 287), como por el artículo 130 constitucional es el proselitismo político por parte de los ministros de culto. Lo que sí establecen la Constitución mexicana, la Ley de Asociaciones Religiosas y Culto Público y la Ley General de Bienes Nacionales es la propiedad nacional sobre las iglesias y las condiciones de su uso por parte de los cultos, así como su clausura temporal o definitiva por parte de la Secretaría de Gobernación cuando dicha sanción aplique en los términos de la ley.

Ni buenos, ni malos. Esas son divisiones que encajan en una visión moral del mundo, como la del catolicismo. La relación entre iglesia y democracia está regulada por el estado de derecho, y para los fines de la democracia por encima de la ley no hay nada ni nadie.