18.1.07

El Excremento del Diablo (Excelsior, 18/01/07)

Desde mediados del siglo XIX el petróleo ha sido motor del desarrollo mundial. Muchos vieron en el petróleo una oportunidad única para mejorar la calidad de vida de los habitantes de los países afortunados que contaban en sus subsuelos con enormes reservas. La demanda mundial de petróleo es prácticamente inelástica a los cambios en el precio, los ingresos por su exportación son inmensos, una bendición. De ahí su calificación como ‘oro negro’.

Lejos de haber mejorado la vida de los habitantes de los países productores y exportadores de petróleo, en la mayoría de los casos la ha empeorado. Por ello, Juan Pablo Pérez Alfonso, el principal promotor por parte de Venezuela para la creación de la OPEP allá en 1959, lo llamó ‘el excremento del diablo’. Pérez Alfonso no vio en el petróleo una bendición, sino una maldición de los hombres. Tenía razón.

El primer efecto negativo del petróleo tiene que ver con el crecimiento económico, la llamada ‘enfermedad holandesa’ de las economías que dependen de la producción y exportación de un solo bien, sobrevalúan su moneda, limitan la competitividad de los otros sectores económicos, y reducen las posibilidades de crecimiento económico. El Open Society Institute ha calculado que en promedio entre 1960 y 1990 los países sin recursos energéticos crecieron entre 2 y 3 veces más que los países con recursos energéticos.

El segundo efecto negativo es preocupante: la riqueza generada por la exportación de petróleo no mejora la calidad de vida de la gente. Por ejemplo, si comparamos los rankings mundiales del Índice de Desarrollo Humano (IDH) y de PIB per cápita, en donde un valor positivo significa que el país ha logrado un mayor IDH al esperado y un valor negativo significa que el país tiene un IDH mucho menor al esperado por su PIB per cápita, la imagen se vuelve clara. De los 15 mayores exportadores de petróleo sólo 6 tienen un valor positivo, mientras que 9 se encuentran en valores negativos. El caso más extremo es Guinea Ecuatorial, un país en extremo dependiente de sus exportaciones petroleras, que ocupa el lugar 87 en PIB per cápita y el lugar 177 en el IDH.

El tercer efecto negativo es angustiante: los países dependientes de la exportación de petróleo tienden a ser autoritarios, como lo comprobó el politólogo Leonard Wantchekon. Peor aún, las autocracias petroleras son más duraderas que las autocracias no petroleras, como lo demostró el politólogo Michael Ross. De los 10 mayores exportadores de petróleo en el mundo, únicamente 2 son democracias libres (Noruega y México), 3 son parcialmente libres (Nigeria, Venezuela y Kuwait) y los 5 restantes son países no libres. En contraste, de los 10 mayores importadores de petróleo, sólo uno es un país no libre (China), el resto son democracias libres. Por supuesto, el efecto no democrático tiene que ver directamente con los mecanismos de distribución y transparencia de los recursos petroleros: los gobiernos tienen más dinero para comprar y/o reprimir ciudadanos. Pero tiene también que ver con los efectos desestabilizadores, por ejemplo, la prolongación y el endurecimiento de las guerras civiles en países petroleros (i.e. Angola).

Sí, el petróleo puede ser una maldición, limitar el crecimiento, reducir incentivos para el gasto social y facilitar la inestabilidad política y el autoritarismo. Pero no hay maldiciones sin la mano activa de los hombres. Aquellos que inhiben la formación de instituciones reguladoras, que ven en el petróleo un medio para su prolongación en el poder, que no entienden el Estado sin apellidos. Esos son los malditos.

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