10.10.07

EL Che (Excelsior 100707)


“Yo tuve un hermano

no nos vimos nunca

pero no importaba”

Julio Cortazar

El Che Guevara cumplió ayer 40 años de muerto desde aquel 9 de octubre de 1967 cuando fue fusilado en Villagrande, Bolivia. El Che tiene 40 años de muerto y a uno le cuesta no ponerse sentimental; alrededor del 85% de los latinoamericanos nacimos en esos 40 años, y como en el poema que Julio Cortazar le escribió en su muerte, sentimos que tuvimos un hermano, que no lo vimos nunca y que eso, en efecto, no importa.

Inevitable, en su muerte el Che se volvió un póster, una camiseta, una boina. Un rostro delineado apenas para contarnos la historia un siglo. Un objeto kitsch en su sentido más político, un tosco objeto estético de consumo emocional masivo. El rostro del Che que ha sido usado lo mismo para darle cara a la lucha contra la injusticia que para justificar las facciones del abuso.

Pero no sólo. Quien dice el Che dice revolución, y decir revolución es siempre decir demasiado. Sí, voltear al mundo de cabeza y atreverse a soñarlo diferente, justo, equitativo, sonriente. Y sí, un sueño violento y pocas veces democrático. Quien dice el Che se queda mudo de contradicciones. De niño, la imagen del Che fue una constante en mi casa, memoricé la carta que escribió a sus hijos y jugaba a hacer propias sus indicaciones. “[…] sentir en lo más hondo cualquier injusticia cometida contra cualquiera en cualquier parte del mundo. La cualidad más linda de un revolucionario.” De adulto, ya no quedan imágenes del Che en mi casa, ni juego a ser un revolucionario encantador.

Como muchos latinoamericanos me he vuelto un liberal. Creo en la libertad en todos lados, en la prensa, en el mercado, en las diferencias y sobre todo, en las urnas. El Che me sigue contando de las injusticias, las exclusiones, las desigualdades; pero me cuenta también de los monstruos que se disfrazan de utopías. De una izquierda que frente a las dictaduras de derecha no anteponía la democracia, sino la revolución: la dictadura de izquierda.

Cierto, el Che no vivió para sufrirlo. No vio a Cuba convertirse en los deseos de un solo hombre. El Che renunció a sus cargos en el gobierno cubano y se fue a perseguir espejismos a África y Sudamérica. El Che buscó en el Congo belga y Bolivia el inicio de continentes justos y encontró sus fracasos y su muerte. Sí, al Che la historia lo absolvió muerto. Pero ahí queda su incapacidad para condenar las brutalidades soviéticas bajo Stalin y ahí queda también el fusilamiento, bajo su mando, de 550 cubanos en abril de 1959.

El Che tendría hoy casi 80 años y vería una América Latina que sin duda no imaginó. Una región por primera vez democrática, en la que el único régimen autoritario es, ¡ay ironías!, Cuba. Vería también una región que sigue punzando, pero ya no se dobla del dolor. Cuando el Che murió la esperanza de vida de los latinoamericanos apenas superaba los 50 años, hoy rebasa los 70; y el ingreso per cápita promedio era de 3,500 dólares, hoy supera los 9,000 (en dólares ppp). Cuando el Che murió 51% de los latinoamericanos vivían en la pobreza, hoy menos del 30%.

Latinoamérica es una región más democrática y menos pobre, pero la reducción de la pobreza extrema no ha ido de la mano de una reducción similar en la desigualdad. A mediados de los sesenta el índice de Gini de la región era 53.6, en 2005 era de 53. Los pobres en América Latina tienen mejores condiciones de vida hoy que hace 40 años; pero siguen estando a décadas de distancia de los estratos medios y altos. Seguimos siendo una región que excluye de las oportunidades de desarrollo a su población más empobrecida. Cuando el Che murió Latinoamérica era la región más desigual del mundo, hoy también.

3.10.07

¿De Mexi-kenstein a Mexi-Kali? (Excelsior, 260907 y 031007)



“Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India” nos cuenta Marguerite Yourcenar en Cuentos Orientales. Kali, diosa decapitada por un rayo, su cabeza unida por destino al cuerpo de una cortesana. Kali vuelta diosa entre los hombres, la cabeza lloraba sin descanso la voluntad de un cuerpo abyecto. Kali destruye y recrea. Kali es la síntesis de dos seres que vueltos uno suman sólo dolores (y complicidades).

La imagen de la diosa Kali fue lo primero que vino a mi mente al leer los trascendidos de la Reforma de Estado que se cocina en el Congreso: ponerle a nuestro deforme cuerpo presidencialista una cabeza parlamentaria que se adivina casi celestial. Curiosa solución, no dar fin al Frankenstein sino ponerle una cabeza que se cree es bonita.

Hay aquí otro mito, y me permito citar a Leo Zuckermann en su columna del lunes: “el parlamentarismo es una forma superior de gobierno al presidencialismo”. Esta conclusión se originó, como bien lo menciona Leo Zuckermann, a partir del trabajo de algunos politólogos hace ya dos décadas, centralmente Juan Linz. El argumento es claro, los regímenes presidenciales al tener un sistema de separación de poderes y partidos indisciplinados carecen de incentivos para la formación de coaliciones legislativas, lo que produce gobiernos divididos, parálisis legislativas, gobiernos inefectivos y en el peor de los casos la caída de las democracias.

En contraste, los regímenes parlamentarios al formar gobiernos mediante coaliciones legislativas -en una misma elección- tienen casi una garantía de mayoría, y el incentivo de mantenerla dada la amenaza de disolver el parlamento por parte del Primer Ministro o un voto de no confianza por parte del parlamento, y convocar a nuevas elecciones para formar un nuevo gobierno.

El argumento nace de una observación incuestionable: las democracias parlamentarias viven más que las presidenciales. ¿Se debe esta diferencia al diseño institucional de ambos regímenes como argumentó Juan Linz? Los trabajos académicos más recientes nos dicen que no. En específico, José Antonio Cheibub en un artículo del 2004 (“Why are presidential democracies Fragile?”) demuestra empíricamente que el argumento de Linz no tiene soporte alguno. Con base en un análisis estadístico que abarca todas las democracias de la segunda mitad del siglo XX demuestra que los incentivos para la formación de coaliciones es similar en ambos regímenes, y que las parálisis legislativas en regímenes presidenciales ni son tan recurrentes ni están asociadas linealmente al número de partidos políticos, sino que ambos regímenes son particularmente frágiles cuando el número de partidos en el legislativo es intermedio, entre 3 y 4, que cuando el número es mayor (o dos).

Cheibub descarta también que se deba a que las democracias parlamentarias ocurren en países más ricos. Si bien las democracias de ambos tipos son más vulnerables a menores niveles de ingreso, en todos los casos los regímenes presidenciales siguen siendo más vulnerables que aquellas parlamentarias. Entonces, si no es el modo en que se forman los gobiernos y tampoco es la riqueza ¿qué explica que las democracias parlamentarias duren más que las presidenciales?

La respuesta de Cheibub es simple: la evidencia indica que aquellas democracias que nacen después de dictaduras militares son más inestables; las democracias presidenciales son más proclives a suceder a una dictadura militar que una civil (en comparación con las parlamentarias); por tanto, las democracias presidenciales han tenido históricamente una vida más corta. Esto se debe a que las dictaduras militares crean un vacío institucional y son además más frágiles que otro tipo de dictaduras. En palabras de Przeworski: “Lo que ha sido inestable en América Latina ha sido la dictadura”, no la democracia.

Entonces, la estabilidad parlamentaria no se debe a que sea una forma superior de gobierno, sino al tipo de autocracias que han suplido. Pero lo que se plantea en el Congreso mexicano es una mezcla de ambos, un sistema semipresidencial como el de la Quinta Republica que funciona en Francia como tal desde 1962, en el que el Presidente y el legislativo son electos de forma separada, pero se establece la figura de Primer Ministro como un jefe de gabinete nombrado por el Presidente a partir de una coalición parlamentaria mayoritaria, que puede o no ser del mismo signo partidista y que puede ser revocado junto con el resto del gabinete por el parlamento mediante una moción de censura.

De este modo, cuando el Presidente y el Primer Ministro pertenecen al mismo partido (o coalición de partidos) el sistema semipresidencial funciona casi como uno presidencial. En cambio, cuando el Primer Ministro pertenece tiene un signo distinto se trata de un “gobierno de cohabitación” que o bien forma una super-mayoría o bien traslada los problemas de parálisis legislativa al interior del poder ejecutivo. Si seguimos el caso francés más bien lo segundo.

Imagine usted un sistema de este tipo en México y luego trate de dormir: tenemos un número efectivo de partidos de 2.64; es decir, en el que 3 partidos dominan más del 90% del legislativo, mediante un sistema mixto que combina la mayoría simple y representación proporcional, y para colmo, sin reelección legislativa. Peor aún, sospecho que los legisladores mexicanos no están pensando en un sistema semipresidencial como el francés, sino en una criatura que aún no tiene nombre: crear la figura de jefe de gabinete a partir de una mayoría legislativa que puede removerlo, sin modificar la formula electoral mixta, sin implementar la reelección legislativa, y por supuesto, sin darle al Presidente atribuciones para disolver el Congreso y llamar a nuevas elecciones legislativas.

Ya se imaginará usted que la mayoría que nombrará al jefe de gabinete estará basada en dos de los tres partidos, entre los que puede o no estar el del Presidente. Se imaginará también que se tratará de una coalición endeble que lejos de incrementar las atribuciones legislativas del Presidente o el jefe de gabinete (como sucede de hecho en los sistemas parlamentarios o semipresidenciales con mayoría parlamentaria), incrementará las atribuciones ejecutivas del legislativo, en específico, las del partido o partidos opositores que formen una coalición de mayoría, en la que estará siempre el PRI.

Entonces, viviremos permanentemente un gobierno de cohabitación, ya sea moderada si se forma una coalición entre el partido del Presidente y el PRI, o bien polarizada si se forma una coalición entre el PRI y el otro partido de oposición. El PRI gobernaría ad infinitum ganando o no una elección presidencial. En ambos casos sólo se trasladarían al interior del Ejecutivo las parálisis y los vicios entre poderes.

México no necesita una cabeza parlamentaria, necesita un sano y robusto cuerpo presidencial, y para eso no hace falta una Reforma de Estado, sino una reforma electoral profunda. Lo que le duele al cuerpo presidencial mexicano no es la cabeza, sino las extremidades: los partidos políticos. Se requiere generar mecanismos para que los legisladores formen mayorías legislativas en política pública, y eso no pasa ni por una segunda vuelta presidencial, ni por un jefe de gabinete, pasa por la reelección legislativa y la modificación a la formula electoral mixta. Ya sea con un sistema mayoritario con dos grandes bloques partidistas y legisladores con incentivos para votar en algunos casos por fuera de las líneas partidistas (tipo Estados Unidos), o un sistema proporcional con la presencia legislativa significativa de más de tres partidos que promueva coaliciones entre ellos para formar una mayoría legislativa (similar al sistema brasileño).

La opción semipresidencial en este México sería la unión de dos cuerpos que vueltos uno sumarían sólo dolores. Una cabeza parlamentaria llorosa, rígida y bipolar; con un cuerpo presidencialista aún deforme incapaz de dejar sus vicios. Bastaría con un cuerpo presidencialista sano: no pasemos de un mexi-kenstein a una mexi-Kali.

19.9.07

Democracia y Medios (Excelsior, 190907)



Libertad e igualdad, he ahí los dos fines centrales de la política en permanente tensión y equilibrio; aunque claro, entre libertad e igualdad median varios puentes: la fraternidad (proponía Octavio Paz), la justicia (escribía John Rawls) y la equidad (implicaban ambos).

Las elecciones democráticas, al ser por definición procesos competitivos no son ajenas a este dilema. El debate es claro, por un lado garantizar la equidad en la competencia sin que deje de ser eso, una competencia; por el otro lado garantizar el derecho a la información de los electores para formar y manifestar sus preferencias. En las democracias contemporáneas, ambas garantías pasan forzosamente por la regulación del vínculo entre medios de comunicación y partidos políticos; esto es, por la definición de las reglas de acceso a espacios mediáticos.

Un vistazo a las democracias en el mundo nos permite identificar dos modelos prototípicos. Por un lado, el libre acceso de los partidos políticos mediante la compra privada e ilimitada de tiempo aire. Este es el caso en Estados Unidos, en donde los pre-candidatos y candidatos enfrentan pocas restricciones en la recaudación de fondos privados y nulas restricciones en la compra de medios. Al otro extremo se encuentran las democracias que prohíben la compra de tiempo aire por parte de candidatos y/o partidos, y distribuyen en cambio, mediante fórmulas igualitarias o proporcionales, un monto fijo de tiempo en medios electrónicos públicos y/o privados. Este es el caso en todas las democracias consolidadas en Europa, con excepción de Italia y Portugal; así como en Chile y Brasil en nuestra región.

Defender el modelo estadounidense es defender una concepción de competencia que se basa en la libertad de candidatos y partidos para hacerse por sí mismos de capacidades; y que hace de la competencia por el dinero y el tiempo aire un elemento central de la competencia por los votos. Así, donadores de dinero y medios de comunicación adquieren un papel estratégico y político central. Defender el modelo europeo es defender una concepción de competencia que se basa en la equidad de capacidades entre candidatos y partidos, que no encuentra libertad posible ahí donde la dotación de capacidades es desigual. Así, se despoja a donadores y medios de protagonismo político.

¿Cuál modelo es mejor? La respuesta inevitable es: depende. En primer lugar, depende del resto del andamiaje institucional y electoral; esto es, del número y tipo de partidos políticos. Un sistema mayoritario como el estadounidense, con sólo dos partidos políticos, y ubicados cerca del centro del espectro ideológico facilita irónicamente una competencia más equitativa y transparente por recursos y tiempo aire. Por el contrario, un sistema no mayoritario, con más de dos partidos políticos distanciados ideológicamente, haría del modelo ‘estadounidense’ una opción inevitablemente inequitativa, dando además a los medios un papel central en dicha inequidad.

Pero hay otro elemento central que hasta ahora ha sido ignorado en el debate mexicano: el mercado mediático. En el caso de Estados Unidos hablamos de un mercado televisivo competitivo, con al menos 4 corporaciones televisivas nacionales y 78% de hogares con acceso a televisión por cable o satelital. La competencia en el mercado mediático en Estados Unidos posibilita una competencia más transparente y equilibrada de los partidos por espacios mediáticos.

El contraste con México es evidente, en el encuentro perverso entre el oligopolio mediático y el monopsonio partidista, la reforma electoral resuelve al menos lo segundo. En efecto, la reforma es criticable, por lo que tiene (contraloría interna en el IFE, regulación de campañas negativas, y negación de candidaturas independientes) y sobre todo, por lo que no tiene. Pero si algo evidenció el debate sobre la reforma es la urgencia de modificar el mercado televisivo, tanto o más que el de los partidos.

12.9.07

Los números de la gira (Excelsior 120907)

No cabe duda, en México las voces del ostracismo sobreviven necias. La gira del presidente Felipe Calderón a Nueva Zelanda, Australia e India fue criticada por algunos editorialistas como un descuido a la política interior y como un viaje innecesario dado el poco comercio exterior que mantenemos con algunas naciones asiáticas. Hay dos supuestos erróneos aquí. En primer lugar, creer que la política interior, y los procesos legislativos en particular, se resuelven más efectivamente si el presidente se encuentra inamovible en su escritorio. En segundo lugar, creer que la política exterior se reduce al cuidado de las relaciones con nuestros principales socios comerciales.

Si hiciéramos caso a estos supuestos, el presidente mexicano debería mudarse a San Lázaro y limitar sus visitas exteriores a Estados Unidos. Síntomas de dos vicios mexicanos: pensar que el poder político existe sólo como manifestación física y que nuestra presencia internacional sólo tiene signos de dólares. Se olvidan –o ignoran- la complejidad de los vínculos entre poderes en los regímenes presidenciales democráticos, del valor de la diplomacia como recurso de poder en la arena internacional, y sobre todo, del vínculo entre ambos.

La APEC (Cooperación Económica del Asia-Pacífico) es un foro multilateral compuesto por 21 países de la cuenca del océano pacífico en Asia y América. En términos económicos la APEC equivale a más del 50% de la economía mundial y el comercio global. Asimismo, la APEC incluye a 3 de los 5 miembros del Consejo de Seguridad de la ONU: Rusia, Estados Unidos y China. La presencia mexicana en la APEC tiene una evidente relevancia económica y política.

Por su parte, India se ha convertido en 15 años en un gigante económico, una de los países con crecimiento más elevado, y un actor clave en los encuentros multilaterales de la Organización Mundial de Comercio y el Grupo de los 8. India, junto con China y México, forma parte de reducido grupo de 5 países en desarrollo con un peso global, que incluye también a Brasil y Sudáfrica. Es verdaderamente innecesario argumentar a favor de la importancia estratégica de la gira presidencial: “lo que se ve no se juzga”.

Ahora bien, en términos económicos nuestro comercio con los países de la APEC (excluyendo a Canadá y Estados Unidos) ha crecido en un 441% entre 1998 y 2006, y con India en un 703%. Como muestra la gráfica, el crecimiento en la relación comercial de México con China (1517%), Corea del Sur (586%), Japón (314%), Malasia (523%), Taiwán (343%) e India (703%) no ha sido menor.

Es cierto, en todos los casos mantenemos un balance comercial negativo, dado que el 94% del de nuestras exportaciones a estos países se dirigen a Estados Unidos. Pero también es cierto que en 2006 el monto de nuestras exportaciones al resto de países de la APEC e India sumó casi 13 mil millones de dólares, una cifra muy superior a los 755 millones de dólares que exportamos a la Unión Europea en el mismo año.

En suma, el valor estratégico y comercial de la APEC e India para México es incuestionable. Negarlo es ser ciego, y ya se sabe, no hay peor ciego que el que no quiere ver. Como quien no ve en la política exterior y la política interior dos caminos concurrentes.

5.9.07

Andrea y la Democracia (Excelsior, 050907)


La cadena de televisión estadounidense CBS lanzará el próximo 19 de septiembre un nuevo reality show llamado Kid Nation, algo así como el país de los niños. El formato del programa es simple, 40 niños de entre 8 y 15 años provenientes de todo el país, vivirán solos por 40 días en Bonanza City, un pueblo fantasma de Nuevo México.

La referencia obvia es aquella perturbadora novela del premio nobel William Golding publicada en 1954, El Señor de las Moscas, en la que un grupo de niños de entre 6 y 12 años naufragan en una isla desierta, y que en búsqueda de la sobrevivencia colectiva encontraron el dominio de los más fuertes, la dictadura de las individualidades, la violencia y la intolerancia: la barbarie.

El programa de la CBS es inevitablemente político (y perturbador), pero dista de la anarquía de la obra de Golding. El experimento de Kid Nation nace como una democracia en la que mediante un comité de 4 niños se gobiernan las políticas locales y por supuesto, como en toda democracia, las tensiones de clase (por aquello de la división del trabajo) son evidentes y las tentaciones autocráticas están siempre latentes.

Pero más allá del desarrollo del programa es alucinante leer los testimoniales de los niños y niñas participantes, a los que se les aplicó una batería de preguntas sobre cuestiones enteramente políticas. La gran mayoría de estos 40 niños nacidos entre 1992 y 1999 tienen dos temas centrales de consternación: el deterioro ambiental y la desigualdad. Rechazan claramente la guerra en Irak y el desempeño del Presidente Bush y encuentran en el tema migratorio un punto de polarización.

Y uno se pregunta, ¿qué dirían niños mexicanos en un experimento similar? Aquí es inevitable ponerse personal. Porque uno no puede pensar en la democracia mexicana sin pensar en los últimos ¿7 años? ¿10 años? ¿13 años? Vamos, sin pensar en la historia reciente. Y no, uno no puede pensar en la historia reciente sin ponerse vivencial. Pienso en 1994, pienso hoy, en 2007, y pienso en el ineludible 2012.

En 1994 México saltó, cayó, se sacudió y anduvo mermado hacia la democracia. Yo iniciaba mi licenciatura en el CIDE, nació mi sobrina Andrea, y yo era incapaz de entender a cabalidad el momento histórico. Entre el alzamiento en Chiapas, el asesinato de Colosio y los Acuerdos de Barcelona perdimos perspectiva. Era el inicio formal de la vida democrática en México: los arreglos formales entre partidos, la primera elección limpia en más de 82 años, y la consolidación de IFE como un organismo autónomo y ciudadano para organizar y vigilar las elecciones.

En 2007 Andrea, aquella sobrina nacida en 1994 tiene 13 años y su percepción de la democracia mexicana es contundente: la elección periódica entre 3 partidos que no le generan ninguna simpatía y la relación ruidosa y estéril entre el legislativo y el ejecutivo. Yo no sé qué decirle. Le cuento que nos vimos forzados a fortalecer en exceso a los partidos para darle viabilidad a la democracia procedimental en México, que gracias a eso pudo haber alternancia en el 2000, que en efecto, los partidos políticos han pasado de ser los hijos mimados de la democracia a ser sus ogros, que el vínculo entre ciudadanos y representantes es nulo. En fin, que la democracia mexicana tiene su edad y que como ella no tiene un cuerpo definido, que crece por partes y con un dolor inevitable en las coyunturas.

Le digo todo eso y es claro que ni la convenzo ni me lo creo yo del todo. Pero sigo creyendo en el espacio de lo posible. En la posibilidad de que en el 2012, cuando Andrea vote por primera vez exista al menos la reelección legislativa, y ese su primer voto sea dirigido a un representante que le rinda cuentas, cuya carrera política dependa de su desempeño y la evaluación de sus representados, y no del mandato y la cartera de un partido político fosilizado. En fin, que junto con ella, la democracia mexicana alcance su mayoría de edad.